Hola,

[TADGH]—What age was I when Shamie died?
[BULL]—That's a good question... I don't know...
[TADGH]—What age was Shamie?
[BULL]—Thirteen years six months twenty-four days.

Jim Sheridan es un director irlandés cuyo mérito (para mí), hasta ahora, consiste básicamente en que me han encantado todas las películas suyas que he visto. Y El prado, por supuesto, no es una excepción. Fue la segunda película dirigida y escrita (a partir de una obra) por Sheridan.

La historia transcurre en un pequeño pueblo de Irlanda, en la década de los 30. El pueblo irlandés aún recuerda la terrible época del hambre de la patata de mediados del siglo anterior. Por no hablar de las consecuencias de la independencia, en la que algunos de los habitantes del pueblo tomaron una parte activa en el asunto, mientras que otros se limitaron a mirar. Por ello, aún hoy el pueblo sigue dividido y enfrentado.

Uno de los más activos en la lucha contra los ingleses fue "Bull" McCabe (interpretado por un soberbio Richard Harris). Bull es ya un anciano, ha pasado la barrera de los 60, pero sigue haciendo honor a su apodo. Nadie parece capaz de detener a este terco e increíblemente fuerte hombre (recio tanto desde el punto de vista físico como emocional). La familia de Bull lleva, generación tras generación, cultivando un pequeño prado que no es de su propiedad, pero en la práctica es como si lo fuera. Lo han regado con su sudor, su sangre, sus lágrimas, y en ocasiones, sus propias vidas. Y Bull espera que la actual dueña, una viuda inglesa, se lo acabe vendiendo, para así por fin obtener un resultado fructífero a tantas generaciones de sufrimiento. Además, así podrá dejarle algo a su hijo Tadgh, el único de sus dos hijos que sigue aún con vida.

Y es que para Bull, la tierra lo es todo. Lleva casi 30 años sin dirigirse la palabra con su mujer, Maggie; prácticamente los mismos que lleva menospreciando a su hijo Tadgh. Y 30 años de sufrimiento, echando de menos a Shamie, su otro hijo, el que murió cuando Tadgh era apenas un bebé. Ese hijo que no está enterrado en suelo santo, con lo católicos que son los irlandeses. Y sin embargo, el día a día de Bull parece centrarse sólo en la tierra.

Llega el día en que la viuda decide vender el prado. Pero decidirá hacerlo por subasta pública, aunque Bull sabe que nadie del pueblo se atreverá a hacerle frente por la posesión del prado. Y tiene razón; pero el problema es que poco antes de la subasta llegará al pueblo un americano, descendiente de irlandeses que huyeron del hambre a Estados Unidos, y que descubre en el prado una vía rápida para llegar a las colinas de piedra caliza más allá del pueblo. Si consiguiera hacerse con el prado (y no le costaría mucho, ya que la moneda irlandesa es muy barata frente al dólar), podría construir una carretera que diera acceso a las colinas, y establecer allí una cantera...

Y así, las pequeñas historias individuales de cada personaje empiezan a hilarse y a entretejerse. Porque el americano ha venido a buscar sus raíces, pero sobre todo a hacer negocios. Porque Bull no puede consentir que su sudor, su sangre y toda su vida, junto con la de sus antepasados, acaben enterradas bajo asfalto. Porque Tadgh lleva viviendo toda su vida a la sombra de un hermano al que no conoció. Porque Maggie sabe, y calla, lo que hay detrás del esfuerzo diario de Bull, lo que éste esconde. Porque el sacerdote del pueblo sabe por qué Bull, tan católico como el que más, le odia, y él por su parte no quiere ni puede rebajarse a tenderle la mano al anciano. Porque la muerte de un hijo es algo que marca de por vida.

Porque, cuando llevas toda tu vida peleando cada minuto para salir adelante, cuando dependes de tu fuerza y de tu coraje y de tu entereza mental, eres como un burro con orejeras. O peor aún, eres como un buey: imparable. Harás lo que haga falta para salir a flote, porque eso es todo lo que puedes hacer. Tu día a día consiste en continuar con tu existencia a toda costa. Y esa existencia, dura, rústica y recia, depende de la tierra que te alimenta.

En cuanto a detalles técnicos: la fotografía es muy buena. La banda sonora, bastante acertada. Los personajes hacen unos papeles muy correctos, y la historia, sencilla y sobria, se va tejiendo y volviendo cada vez más tupida, hasta que, al final, te quita el aliento. Y sobre todo, esta película es Richard Harris. Este hombre lo llena todo cuando sale a escena.

Esta es una película que, francamente, recomiendo.

Besos